ESTAS SON LAS HISTORIAS DE MI VIDA PROFESIONAL, LAS DE UNA VIDA ENTERA HACIENDO REPORTERÍA DIARIA. ESTA FUE LA IDEA ORIGINAL QUE MOTIVO ESTE SITIO. CADA HISTORIA HACE PARTE DE LA MEMORIA DE MI VIDA Y LA CUENTO PARA QUE MI HIJA UN DÍA LA CONOZCA.
Patrullaje en el Putumayo
- Eyyhh!!! Canal. El Periodista
El grito venía de la puerta de guardia de uno de los batallones que hay en la zona de Puente Aranda, en el occidente de Bogotá. Quien gritaba era un sargento del ejército. Cuando lo escuché, me acerqué para hablar con él. Por aquellos días tenía como fuente de información todo lo relacionado con el orden público, que en Colombia siempre genera información abundante. Y en ese cubrimiento conocí al sargento.
Fue en el Putumayo. Llegué al lugar una semana después de la segunda masacre de soldados cometida por la guerrilla de las FARC, en una base militar. Mi retraso en la llegada fue causado por un problema que entonces empezó a afectar a los noticieros de televisión: la falta de dinero. Tuve que esperar hasta conseguir la forma de llegar al lugar sin mayores costos.
Aterricé en Puerto Asís. Un aeropuerto pequeño. Con una construcción para dos counter, policías revisando cada maleta que llega y cada alijo que sale y registrando con datos detallados a todos los que llegan de visita. Puerto Asís no es la capital del Putumayo, pero su movimiento es más grande que muchas otras ciudades intermedias del país. La razón: los negocios de coca que se hacen la región o por lo menos, que se hacían en aquel entonces. Además su posición limítrofe con Ecuador hacia el sur y con regiones ricas de Colombia hacia el norte y el occidente, lo hicieron fundamental para la guerrilla colombiana. Por eso las medidas. Por eso conseguir un jeep que lo movilizara a uno por la región era costoso, porque significaba riesgos. Pero hacían el trabajo.
Después de tomar algo para calmar la sed que produce ese calor de 30 grados, contratamos el carro. Aurelio y yo éramos los únicos pasajeros y nuestro destino, San Miguel un poblado fronterizo de tres calles polvorientas, muchos bares con cuartos que servían como hotel de paso o prostíbulo. San Miguel es el último pueblo colombiano en esas lejanías. Está a la orilla de un río caudaloso que tiene su mismo nombre. Y en la otra orilla está Ecuador. Alrededor de San Miguel, selva y en medio de la selva cultivos de coca, campamentos guerrilleros y campesinos que luchan por sobrevivir en medio de las balas oficiales, subversivas y narcas.
Allí, en el pueblo, en el segundo piso de una casa de madera del parque principal, el único, estaba apostado el comandante del destacamento militar que perseguía a los guerrilleros que cometieron la masacre.
La consabida antesala para obtener el resultado que buscábamos: ir en una patrulla militar en persecución de los guerrilleros.
Un soldado nos llevó hasta el lugar. Cruzamos el río en una lancha de madera y remos. El sitio donde desembarcamos aún era Colombia gracias a esos caprichos de la geografía. En medio de la vegetación espesa del lugar estaba la patrulla, mimetizada con sus camuflados verdes y café, algunos con pañoletas para cubrir el pelo, otros con guantes de cuero que dejaban libres los dedos y todos con la misma convicción: encontrar a quienes asesinaron a sus compañeros. Era como el mediodía. Íbamos a estar con ellos dos días.
Después de las presentaciones el teniente Vargas, un paisa joven con sueños de matrimonio, nos dio las instrucciones para acompañarlos. Debíamos permanecer en medio del grupo y obedecer las órdenes. Lo hicimos, aunque era difícil nuestra protección en caso de algún combate: no teníamos experiencia militar y menos en el monte, no llevábamos ropa adecuada para tratar de mimetizarnos y nuestros equipos de televisión eran bastante evidentes ante los ojos de cualquiera.
Comenzamos a caminar hasta que la noche nos cubrió cerca de una casa campesina. Un hombre, su esposa y su hija vivían allí. Prepararon algo de comer aunque los soldados no quisieron recibir nada. Por seguridad, dicen unos,
- y para que no anden diciendo por ahí que nosotros le quitamos la comida, murmuraron otros.
Para pasar la noche el teniente Vargas estableció los turnos de vigilancia y ubicó a los hombres estratégicamente, bueno por lo menos eso pensé yo cuando los ví armando sus cambuches y carpas al otro lado de un riachuelo que cruzaba por el lugar.
- No es estrategia,-dijo el teniente-, los pongo allá porque puedo vigilarlos mejor y evitar que vayan a violar o a abusar de estas personas.
Pero no les quitaban la comida.
En medio de ese grupo de diez soldados estaba el sargento que me llamó en Bogotá. Era uno de los responsables de evitar que los miedos del teniente con sus hombres se hiciera realidad.
La noche estuvo tranquila. Al día siguiente, lo mismo. Caminatas que hacíamos con la ilusión de tropezarnos con algún tipo de acción, pero a la media mañana nos dimos cuenta que el recorrido estaba diseñado para que no pasará cosa distinta al agotamiento y a las tensiones o acciones creadas para nuestra cámara.
- Teniente, -lo abordé disimuladamente-, por favor necesito que simulé una situación de verdad, pero que sólo lo sepamos Ud. Y yo, sino lo que estamos grabando nos va a quedar tan perfecto que no va a parecer que estuviéramos con una patrulla que perseguía a los guerrilleros.
El teniente me respondió con una sonrisa maliciosa descubría su aceptación. Y ocurrió. Hasta ese momento Aurelio grababa como si fuera una puesta en escena.
- A ver Ud. Suba más el fusil, quietico. Silencio…
Y más adelante, otra vez.
- Ahora, Ud. Mire para allá, como si estuviera persiguiendo a alguien… Eso así, listo.
Pero su dirección artística se acabó cuando de pronto todos los miembros de la patrulla se escondieron en medio de los árboles y sólo se escuchó un ruido seco y corto cuando alistaron sus armas.
Aurelio no sabía que hacer y yo lo único que hice fue hacerle señas para que no dejará de grabar, luego lo tomé por la camisa y lo llevé cerca de uno de los militares. En ese momento las señas eran el único lenguaje. Después de unos minutos todo volvió a la normalidad. Yo seguí en el sitio del grupo en el que estaba y sólo hablé con el teniente cuando terminamos el patrullaje y fui a realizar la entrevista formal y a agradecerle el favor que acababa de hacer en pro de una buena historia visual para mi noticiero.
- No fue un montaje.
Lo miré mientras sacaba de uno de sus bolsillos un pedazo de tela. Encontramos esto entre los árboles.
A la entrevista siguió una tarde tranquila, que incluyó un descanso en una escuela rural y después el regreso a San Miguel y de allí la carretera polvorienta hasta San Miguel.
Por primera vez en el recorrido hablé de la irresponsabilidad que sentía como periodista. Mire atrás y cuando sólo veía polvo tras nosotros le pregunté a Aurelio si era conciente del peligro en el que estuvimos. Él sólo miró atrás, vio el polvo y no dijo nada.
Los rostros de los soldados volvieron a la memoria cuando, después de saludarlo, le pregunté al sargento, allí en esa guarnición militar de Bogotá, por los muchachos que estuvieron con nosotros.
- Al otro que Uds. salieron nos emboscaron y mataron a dos.
Uno de los muertos fue el puntero, el hombre que iba al frente del grupo. Quien descubrió el pedazo de tela.
LAS ANÉCDOTAS COMPLETAS LEÁLAS EN LA PÁGINA “ANÉCDOTAS DE UN REPORTERO”, EN ESTE MISMO BLOG.
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