ESTAS SON LAS HISTORIAS DE MI VIDA PROFESIONAL, LAS DE UNA VIDA ENTERA HACIENDO REPORTERÍA DIARIA. ESTA FUE LA IDEA ORIGINAL QUE MOTIVO ESTE SITIO. CADA HISTORIA HACE PARTE DE LA MEMORIA DE MI VIDA Y LA CUENTO PARA QUE MI HIJA, UN DÍA LA CONOZCA.
Historias con la guerrilla:
CORINTO: UN PROCESO DE PAZ DEL M-19
El día siguiente a la toma de Yumbo, ha sido, tal vez, el día que más escribí en un diario. Prácticamente hice todo el periódico. Recuerdo que Carlos Barona, -Carlitos, como le decíamos-, me ayudó con un par de artículos. Los escribió él, pero los orienté yo. Las fotos de Fernando y las mías aparecieron en todas las páginas de El Caleño, aunque nunca mi crédito. Después vino lo otro, lo que estábamos esperando, la razón por la cual fui a buscar al líder del M-19: los acuerdos de paz entre ese grupo guerrillero y el gobierno del presidente Belisario Betancurt. El lugar acordado para hacerlos era Corinto, un pequeño pueblo en el departamento del Cauca, al sur del país. Un lugar caliente que no debía tener más de 50 mil habitantes para 1984, cuando ocurrieron los hechos.
Llegué a Corinto en la tarde, no recuerdo de cual día de la semana. De los guerrilleros que conocí en la toma a Yumbo, no encontré ninguno, periodistas conocidos, si muchos, ya. Y empecé a trabajar.
Ahí conocí a Iván Marino Ospina, ahí le pude hacer la entrevista que estuve buscando y que me llevó a la acción armada en la que estuve. Ahí detallé sus manos y grabé en mi memoria la cicatriz que tenía en una de ellas, la que luego me serviría para identificarlo. Recuerdo que aprendí a fijarme en las manos y los pies de las personas desde el colegio y se me acentuó la manía luego de una conversación con Fernando Delgado, un compañero de secundaria que tenía la misma costumbre. Con el tiempo aprendí que las manos y los pies dicen mucho de una persona, casi todo, y pocas veces me han hecho equivocar sobre la primera percepción. Es casi infalible. Y ese día en Corinto, aunque no buscaba percepciones, si me sirvió para lo que ocurriría meses después. Con Iván Marino Ospina hablamos del M-19, de sus intenciones de paz, de la financiación, de las operaciones y de las armas. Allí empecé a conocer y distinguir los fusiles.
Recuerdo que fui, como casi siempre, con Fernando Moreno, mi fotógrafo de fórmula. Allá también llegó Diego Chonta, mi cómplice de muchos momentos mientras estuve en la Universidad. Pero a pesar de la compañía, el trabajo tenía que hacerlo yo, solo.
Aquella primera noche, quise conocer más de los guerrilleros comunes y corrientes, de los que estaban por ahí, sin título ni rango conocido, por lo menos públicamente, los que deben enfrentar los rigores más duros de la milicia, del combate, de las necesidades. Así que caminé, mirando caras hasta que me detuve en una. Si, era mujer, bajita, de ojos claros, paisa, un poco pasada de kilos, rubia con el pelo corto, pero agraciada.
Aceptó sin titubeos y empecé a hablar con ella. Una hora de casette de audio y un poco más de conversación personal. El comienzo de ese reportaje fue el título del mismo.
-¿Cómo te llamas?, pregunté
-Patricia.
-¿Patricia…? insiste buscando un apellido.
Sonrió maliciosamente y entonces completé la frase:
-¿Patricia, a secas?
-Sí… Patricia a secas, contestó y rió
Esa noche no la volví a ver. Después de la entrevista decidí descansar. Al día siguiente la jornada sería agitada. Llegaban otros comandantes con sus grupos, que se movían por tierra desde otras regiones. Llegaban los representantes del gobierno y un mar de gente que quería curiosear. Descansé, simplemente porque estaba agotado. Conseguí una pieza y un colchón de paja medio roído. Recuerdo que fue un guerrillero con fusil a la espalda, quien me lo dio. Cuando lo dejé caer en el piso, la nube de polvo obligó a abrir la puerta y salir un rato de la habitación. A pesar de eso opté por dormir sobre él y no en el suelo, aunque hoy pienso que aquella pudo ser una mejor elección.
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Aquella noche con Patricia nació una amistad bastante fuerte durante el tiempo de su clandestinidad, pero que se diluyó luego, a su regresó a la vida civil, cuando entregaron las armas y “Patricia a secas”, se convirtió de nuevo en Gloria Quiceno y de guerrillera de monte, pasó a estudiosa política de escritorio y de botas pantaneras, me cuentan, se dedicó a comprar zapatos como si los almacenes se fueran a acabar y de joven atractiva pasó a señora distinguida.
Pero mientras existió fue interesante por las reacciones que provocó en mi casa, especialmente con mi madre quien se daba cuenta de todo. Patricia llamaba de vez en cuando desde donde estuviera, para saludar, para saber como estaba y para contar como estaba ella. Al comienzo, cuando le conté a mi madre de quien se trataba, el miedo fue terrible. Luego cuando pasaba una semana sin recibir una llamada, mi madre preguntaba con angustia
- Mijo, ¿será que a esa muchacha le pasó algo grave?
Por aquellos días, lo único grave que sabía de ella, era su mal de riñones, que le impidió estar en la firma de los acuerdos de paz de Corinto, por lo demás no era mucho lo que me había confesado, ni su nombre real.
Un buen día una de sus llamadas la hizo desde Cali, fue cuando la volví a ver. Nos pusimos una cita en el parque Panamericano. Llegó vestida como pocas mujeres se visten en una ciudad de 30 grados: con una falda y medias veladas negras estéticamente mal puestas, pero bueno estaba acostumbrada a la bota pantanera y al uniforme militar. Curiosamente esa tarde de domingo, mientras caminábamos frente a la iglesia de San Fernando, sobre la calle quinta, en busca de una cafetería para hablar, alguien la reconoció.
-¡Gloria, qué sorpresa!, le gritó
Ella, incómoda, sólo me miró y saludo rápida, pero afectuosamente. Cuando se despidió de su encuentro inesperado sólo dijo.
-Es mi nombre, pero…
Entendí la frase cortada y el nombre sólo lo usaría muchos años después cuando la encontré desmovilizada trabajando para el gobierno, primero y como congresista brillante después.
Esa tarde hubo una cerveza y mucho miedo de parte de ella. Hablamos del reportaje,
-Lo cargo en mi morral, -confesó
y de muchas otras cosas, de política, de su guerrilla, pero sobre todo de ella. Entonces era como estar frente al gran misterio de una mujer clandestina.
Fue un encuentro largo. Al final de la tarde caminamos otra vez hasta la misma calle quinta de Cali, frente a la misma iglesia del barrio San Fernando.
-Tengo que irme a una casa de seguridad. Esto es lo que muchas veces no me gusta de lo que hago.
Entonces me besó, cruzó la calle, tomó un taxi y desapareció.
“Patricia, a secas”, se quedó como un reportaje escrito para la clase de redacción de la Universidad, que nunca fue publicado. Hoy no existe copia. La de ella se mojó en alguna marcha o huyendo de un combate. La mía, simplemente desapareció de mis casa donde permaneció un buen tiempo, hasta el día de alguna buena, -o tal vez mala-, limpieza.
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Pero Patricia, a secas, no fue mi única anécdota de Corinto. En medio de la conmoción por lo que podría significar aquel acuerdo de paz, pasaron muchas cosas. La mayoría de ellas relatadas en los artículos que recogieron aquella parte de la historia: Que a Pizarro lo emboscaron y él, su mujer, Laura, -la misma quien intentó quitarme el rollo fotográfico en Yumbo-, y uno de sus hombres resultaron heridos, que el acuerdo estuvo en vilo, pero que al final la cúpula del M-19 con Carlos Pizarro con un brazo recogido en un cabestrillo, firmó. Qué hubo mucha gente, que a los fusiles les pusieron un clavel rojo, que… tantas cosas que se vieron.
Pero hubo otras que no se contaron. Hoy recuerdo a Nora Mercedes, una reportera de Cali, ya con sus años encima, rubia, medio alocada y terriblemente atraída por Carlos Pizarro. El día de su llegada, antes de la noticia de la emboscada, Nora Mercedes se preparó para recibirlo. Era la única mujer en medio de esos 35 grados de temperatura, de aquella multitud sin agua suficiente para bañarse, de ese olor a sudor, que estaba impecablemente vestida, impecablemente peinada y la única, creo, maquillada de esa manera. Sólo ella tenía vestido y zapatos de tacón y una mirada nerviosa de quinceañera enamorada de un hombre mayor que no tenía idea de lo que le esperaba.
- ¡Lo que es hoy me “como” a Pizarro, así tenga que trancar las puertas con mis piernas para no dejarlo salir!, – era lo único que decía.
Y trató de encerrarse con él a pesar de la herida de bala en el hombro con la que llegó el jefe guerrillero al pueblo, pero su cara de decepción lo decía todo. Meses después, cuando se rompió el acuerdo con el gobierno lo intentaría nuevamente. Aquella vez también estuve con ella, pero eso te lo contaré más adelante porque ahora te voy a seguir contando cosas de Corinto.
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Hubo otra mujer, llamaba la atención por su belleza. Su rostro semicubierto por sus manos y un espejo, se conoció en el país por una foto que le tomaron en aquel pueblo cuando se maquillaba y esa fue la historia de aquella imagen, como una guerrillera del M-19 no descuidaba sus encantos. Con ella hablé, no recuerdo su nombre de guerrillera, su “alias”, la verdad siempre tuve dificultades para memorizarlo. Pero la anécdota no fue conocerla esa noche, ni ver su belleza, ni mirar su foto, ni hablar de su maquillaje. La anécdota ocurrió años después. A ella no la volvía a ver sino hasta un 31 de diciembre. Yo acostumbraba a dar un saludo de feliz año a algunos amigos. Ese día fui a la casa de una compañera de universidad. Éramos buenos amigos y vivíamos cerca. Eran tal vez como las ocho de la noche de ese fin de año. Llegué a la casa de mi compañera, quien me saludó como siempre, con un abrazo fuerte. Me senté en la sala donde tenía una visita. Era una muchacha quien hablaba por teléfono. A juzgar por la conversación era con su familia en Bogotá. Me senté frente a ella, pero tenía la cara agachada y el pelo no la dejaba ver. Mientras colgaba, mi compañera, me decía que era una amiga de la casa, hija de un coronel o un general del ejército que estaba en Bogotá. De pronto la visita levantó la cara y nos encontramos la mirada. Pues era ella, la guerrillera de Corinto. Me saludó con la mirada y mi compañera se dio cuenta, entonces empezaron las preguntas incómodas, ¿se conocen?, ¿de dónde?.
Yo no sabía qué responder, porque no conocía nada de aquella relación, menos sabía si mi amiga era auxiliadora, guerrillera o una inocente amiga, cosa que me parecía extraña, pues su padre era un hombre de formación militar, pero además acababa de enterarme que aquella subversiva era hija de un alto mando militar, así que estaba en medio de la incertidumbre y la otra, no colgaba. Divague en medio de palabras y respuestas rebuscadas y sólo atiné a decir,
- La conocí en una fiesta.
En ese momento ella colgó. Se paró para saludarme, yo hice lo mismo y nos abrazamos como si fuéramos los más íntimos.
- Aquí no saben nada, – me susurro al oído-, ¿Dónde nos conocimos?, – preguntó también en medio del saludo disimulado.
- En una fiesta, -le dije, también murmurando a su oído.
Con esa información básica terminó el saludo. Para la familia de mi amiga, aquella muchacha simplemente estaba estudiando en Cali y ese día decidió pasar el año nuevo con ellos y era lo mismo que pensaban en su casa, por lo que escuché de la conversación telefónica. Ella se quedó, yo me fui. Nunca le comenté a mi amiga lo que sabía de su invitada. Pero supongo que se enteró, pues años después aquella guerrillera hizo parte de un grupo llamado los “doce apóstoles” del M-19, encargados de iniciar un nuevo proceso de paz con otro gobierno. Entonces conocí su nombre de pila, Adriana.
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Al día siguiente de la firma del acuerdo de paz, tuve que salir de Corinto. Un telegrama con una citación a un juzgado me obligó a volver a Cali y a recordar la toma de Yumbo. La citación estaba relacionada con esas declaraciones del entonces comandante de la tercera Brigada del ejército, el general Jesús Yuseff Yamasaid Arias. Como te conté en un comunicado de prensa dijo que “los periodistas ayudamos a planear y ejecutar la toma”. Una afirmación osada y temeraria, producto tal vez de la ineptitud militar fácil de descubrir si se tiene en cuenta que hasta una hora antes de aquella acción guerrillera hubo soldados en el pueblo, que el pueblo estaba rodeado de batallones y que sin embargo el M-19 logró permanecer allí una hora y media. Pero bueno, más no se podía pedir. Aquella afirmación pública nos obligó, a quienes estuvimos allí, a vivir vigilados, casi escoltados. Como yo no tenía quien me cuidara y el periódico tampoco contaba con cuerpo de seguridad, debía reportarme cada hora con mi Director. Era una forma de darnos seguridad ante la lápida al cuello que nos colgó aquel general. Así que por cuenta de ese comunicado tuve que comparecer ante un juez. Comparecencia que el gobierno trató de aliviar enviando una carta a través de la entonces ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín Posada. Allí más o menos decía que confiaba en que no tuviéramos nada que ver en el asunto, pero que debíamos dejar que la justicia actuara.
Fui al juzgado y declaré lo que tenía por declarar luego de las instrucciones de mi Director,
- No diga nada. Simplemente cuente que a Ud. lo llevaron en un carro con los ojos vendados.
Y de alguna manera fue cierto. No me secuestraron, no me levantaron de la calle, no me vendaron los ojos, pero tampoco nunca me dijeron que iba a una toma guerrillera. Aquel sábado yo sólo iba a ser abordado por unos hombres que “supuestamente” me llevarían a una entrevista con el máximo jefe del M-19 por esos días, Iván Marino Ospina.
En fin, como era de esperarse, el tema murió ahí. El juez cerró el expediente y del general Yamasaid Arias no volvía a tener razón grande, ni chiquita.
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A Corinto no volví. A Patricia la volví a ver sólo tiempo después cuando tuvimos aquella cita en Cali. A Adriana, cuyo nombre en la guerrilla no recuerdo, tampoco hasta aquel 31 de Diciembre, que debió ser el de ese mismo año. Pero Corinto no se acabó ahí. Los guerrilleros permanecieron en el lugar un tiempo más y durante ese tiempo el tema era asunto informativo. Un día algo ocurrió y el periódico decidió enviar un periodista y no fui yo, por alguna razón que no recuerdo. El designado fue Rubén Darío, un joven principiante quien hasta pocos días antes era corrector del diario. Le dieron la oportunidad de convertirse en periodista y la estaba aprovechando. Lo hacía bien, pero yo sentí que se estaba metiendo en algo que me pertenecía. Debo confesar que aquella vez conocí la soberbia y el egoísmo juntos. Rubén Darío se fue emocionado a hacer su trabajo y cuando volvió se encontró con la historia ya escrita. La hice yo por teléfono. Aproveché los contactos que dejé en el pueblo y me atreví a romper una ilusión. Menos mal que Rubén Darío entendió que se trató de la premura y de una ayuda y no se dio por enterado de la intención que había tras aquella jugada sórdida y siguió adelante con su carrera y se convirtió en un buen periodista y compañero.
Aquello fue Corinto. Poco después el acuerdo se rompería y eso significarían otras aventuras.
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En los días siguientes, buena parte sucedió como lo imaginamos, otra buena parte como nadie quería que ocurriera.
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