Anécdotas de un reportero: Terremoto de Popayán

25 05 2008

(ESTAS SON ALGUNAS DE LAS HISTORIAS QUE DEJÓ PARA MI HIJA)

DOS NOTICIAS SORPRENDIERON A COLOMBIA EL SÁBADO 24 DE MAYO: LA MUERTE DE TIROFIJO, EL GUERRILLERO MÁS VIEJO, COMANDANTE MÁXIMO DE LAS FARC Y UN FUERTE TEMBLOR QUE GOLPEÓ EL CENTRO-ORIENTE DE COLOMBIA. MÁS DE 20 MUERTOS, DECENAS DE LESIONADOS Y VIVIENDAS DESTRUÍDAS ES EL SALDO PARCIAL AL MOMENTO DE PUBLICAR ESTE BLOG.

EL TEMBLOR ME SORPRENDIÓ EL TEMBLOR ME SORPRENDIÓ JUNTO A MI FAMILIA, COMO OCURRIÓ HACE 25 AÑOS CON EL TERREMOTO QUE DESTRUYÓ A LA CIUDAD DE POPAYÁN. HOY NARRÓ LO QUE VIVÍ EN AQUELLA OCASIÓN, UNA EXPERIENCIA LIGADA A MI PRIMER TRABAJO EN UNA EMISORA. DEJÓ PARA LOS PRÓXIMOS DÍAS LAS VIVENCIAS CON LA GUERRILLA COLOMBIANA.

AL IGUAL QUE ESTE SÁBADO 24 DE MAYO, EN POPAYÁN LAS TUMBAS SE ABRIERON Y DEJARON DESCUBIERTAS LAS CADAVERAS

EN POPAYÁN, COMO OCURRIÓ EN EL TEMBLOR DE ESTE SÁBADO 24 DE MAYO EN COLOMBIA, LAS TUMBAS SE ABRIERON Y LAS CADAVERAS QUEDARON AL DESCUBIERTO

3 - POPAYÁN

Financean, con esa palabra me acuerdo de lo que siguió a Onda Joven. Financean, fue la anécdota, el dolor de cabeza para tu abuelo cuando la escuchó al aire en el radio de su carro, el taxi Fiat Polski, con el que terminó de pagar nuestros estudios luego que la empresa donde trabajaba, -Celanese-, lo llamara arreglar su salida. Pero radio Sutatenza Cali, fue mucho más que eso. Fue el aprendizaje cotidiano de la radio, de la improvisación, de la mirada alrededor para encontrar una noticia en medio de la rutina, pero fue también el comienzo del contacto con el dolor y con las anécdotas que se quedan en los chistes de café.

De las primeras aprendí que la radio no era mi fuerte. No me atraían muchas cosas, sobre todo la inmediatez, irónicamente lo que todos aman. A veces era tal que no había tiempo para digerir la noticia y se pasaba de una a otra, así, sin más. Pero también aprendí a intentar superarla, a no dejarme llevar por el esquema aquel de la grabadora prendida y la simple descripción posterior de las respuestas del entrevistado. Y aprendí que cuando tus compañeros no llegan a trabajar, todo es noticia con tal de “llenar”, el espacio del noticiero. Claro que debo confesar que lo que menos me gustaba era la madrugada, para informar a quienes salen a trabajar temprano.

De lo segundo, sólo puedo hablar del terremoto de Popayán, capital del departamento del Cauca, al sur del país. Ocurrió durante la semana santa de 1983. El temblor me sorprendió en la cama de mi cuarto, en la casa de mis padres. Vivía con ellos. Cuando pasó, me fui a la emisora y empecé una transmisión sólo. La seguí así por largo tiempo. Por esos días los otros periodistas estaban de “puente”, aprovechando los días santos salieron a descansar lejos de la ciudad. Yo me quedé y sostuve la transmisión por varias horas. Luego decidí ir a Popayán. Más que por el afán periodístico, por la angustia familiar. Allí vivían mis primos, con quienes pasé muchas vacaciones y no sabía nada de ellos. De una de aquellas vacaciones recuerdo el día que una camioneta quedó con las dos llantas delanteras balanceándose sobre un abismo durante un paseo familiar y de otra mis padres siempre alimentaron mi memoria diciéndome que gritaba

- Mamá, ahí viene la puta, ahi viene la puta

Grito con el cual rompía el ceremonioso silencio de las procesiones de una semana santa, bajo la emoción infantil de una banda de música. Recuerdos que aquel día retumbaron durante todo el viaje, un viaje lleno de sobresaltos porque fue tan terrible lo que yo mismo informe que temía cualquier cosa. La emisora no tenía movil, no había carro. Así que logré subirme en un furgón de la Cruz Roja, con comida y frazadas de ayuda. Fue el viaje más largo a Popayán. La eterna hora y media, que debió ser menos, pues por la carretera sólo circulaban los carros de socorro.

El panorama al llegar fue un golpe fuerte para la esperanza. Los edificios de la ciudadela Provenza completamente destruídos, cuatro pisos convertidos en uno. La gente con sus pertenencias en las calles y yo aún lejos de la zona central de la ciudad donde fue el mayor daño y donde vivía mi familia.

Llegar no fue fácil. La mirada quedaba atrapada en cada cuadro de dolor callejero, los oídos no podían escapar al llanto lástimero de los heridos y los damnificados, ni a las ambulancias con sus sirenas aulladoras que a veces ahogaban los gritos de todo. No era fácil caminar eludiendo los escombros y evitando los nuevos derrumbes. Tampoco en cada paso podía dejar de disparar la cámara y prender la grabadora. Al final de la tarde llegué a la casa. Todos bien. A partir de ese momento empecé a trabajar con una tranquilidad de esas noticias tranquilizadoras, aunque con el afán de no poder comunicar la situación sobre todo a mi madre, la tía de mis primos.

Esa noche el cansancio fue tal que cuando una réplica azotó la ciudad no fuí capaz de pararme de la cama. Todos salieron de aquella casa, menos yo.

UNA CALLE DE POPAYÁN. EL CENTRO HISTÓRICO FUE EL MÁS AFECTADO

Durante los dos o tres días siguientes caminé toda la ciudad. Fotografié todos los destrozos: los de la iglesia sobre la cual pesaba una maldición a la que todos atribuían la tragedia, la de los santos caídos, la de los muertos salidos de sus tumbas, la de los rostros. Fotos que me acompañaron mucho tiempo.

Hoy sin embargo me acuerdo de todo y lo veo como finalmente se presentaron los hechos, pero pudieron ser completamente diferentes, para mí. El terremoto pudo sorprenderme en un hotel de Popayán. Hoy no sabría decir si aquello no ocurrió gracias a una mujer poco agraciada o a mi temor de una aventura en plena semana santa, en medio del lugar más sagrado en Colombia para conmemorar esa fecha.

Semanas antes del terremoto, una mujer empezó a llamar a la emisora, hablaba conmigo y coqueteaba intensamente. “Por tu voz”, decía. Era de Buenaventura, el principal puerto de Colombia sobre el pacífico. Luego de varios días de llamadas, ella lanzó la propuesta: vamonos para Popayán en semana santa. A ciegas por teléfono era una cosa, pero varios días a ciegas, era otra. Entonces fue cuando decidí conocerla. Le pedí una foto y la envió, pero estaba tan lejos que apenas se distinguían los colores de la ropa. Entonces opté por otra estrategia y ella aceptó: acordamos una cita en la iglesia de La Ermita en Cali. Una iglesia tradicional de la ciudad, un monumento obligado para los turistas y un altar ineludible para los devotos. El encuentro fue planeado en la mañana. La sede de la emisora estaba cerca, así que podía esperar hasta último momento. Llamé a mi hermano para que me acompañará y a última hora también se sumó a la expedición Fredy León, mi jefe. El encuentro se haría de acuerdo a las señas propias de cada uno: el color de la ropa y algo bajo el brazo. Mis datos, como era de esperarse, no correspondían a la realidad. Los de ella, como también era de esperarse, sí. Parados los tres en una banca de la iglesia, la vimos llegar, caminar a lo largo de la iglesia hasta el altar, buscándome. Luego de verla, decidí no dejarme encontrar. Los tres salimos de allí rumbo a la emisora. Con lo que no contaba, es que ella también salió para la emisora. Lo que debió hacer desde el comienzo. La reconocí cuando escuché su voz preguntando por mí, entonces me escondí en la oficina de mi jefe y él habló de mi “ausencia”. “Ausencia” que se prolongó hasta tanto ella salió de allí. Nunca más. Gracias a esa mujer, cuyo nombre olvidé, estuve igual de cerca e igual de lejos de vivir aquel terremoto en Popayán.

Pero allí en esa pequeña emisora de transmisor potente, también entendí aquello de que “en juego largo ahí desquite”. Uno de los profesores de español que tuve en la secundaria, en cuarto (hoy noveno, según la clsificación de grados escolares en Colombia) exactamente en el colegio Nuestra Señora del Pilar, donde estudié en Cali, fue poco menos que cortés con mi curso. Exagerado en la exigencia si no había empatía con los hombres o desmesurado en facilidades si las mujeres le caían bien. Era tal su problema con nosotros que llevó al salón de clase las faltas de un partido de fútbol. Ese día, cruzó una línea que no le perdoné, aunque yo no estuve en el partido. Y en esa emisora se dieron las cosas para que recordara aquella clase de Español convertida en paredón futbolístico.

Cuando me vio se sorprendió, pero se alegró. Me contó que estaba allí porque tenía la intención de empezar en la emisora como periodista. Fui lo más amable posible hasta cuando se fue, entonces hablé con el director y el gerente y nunca ingresó a la emisora como periodista, es más sólo lo volví a ver muchos años después en el autocine de Cali. Yo estaba acompañado de una amiga, cuando ella lo vio en la cafetería donde comprábamos algo para ver la película desde el carro, me pidió que me presentará como su novio porque el tipo aquel, a quien conoció en su trabajo, sólo vivía acosándola. Ese día también se acabaron esas pretensiones.

Y aunque en Sutanteza descubrí que la radio no era mi fuerte, no fue la única emisora en la que estuve.




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