EL CAMINO POR LA SELVA
La aldea la habitaban indígenas Shuar más acostumbrados a la presencia de hombres blancos que quienes custodian la cueva, también Shuar, pero de aquellos que conservan la pintura de guerreros en el rostro, una lengua ancestral y las enseñanzas ocultas de sus antepasados expertos en la reducción de la cabeza de sus enemigos. Por eso nuestros anfitriones decidieron enviarnos con dos guías y un burro. En el burro montamos la carga: diez botellas de agua, otras tantas de gaseosa, pan, algunos enlatados, una manila gruesa de 100 metros y las lámparas para iluminar la cueva. Lo que no llevamos fue lo que más nos recomendaron: botas de caucho altas. Decidimos usar las nuestras, las bota de cuero con suela alta que cubren hasta el tobillo. Las mismas con las que caminamos por tantas partes, pero nunca en el amazonas.
Comenzamos el recorrido con la ansiedad que produce lo desconocido, con la ilusión que genera una buena foto y con el temor que produce la incertidumbre sobre la verdad de las historias escuchadas eran ciertas. “Es como una especie de Catedral dentro de la tierra”, nos dijo Fernando Meza antes de partir. Él es un arquitecto quiteño que estuvo en la cueva acompañando la única expedición reconocida por el gobierno ecuatoriano, la del padre Pedro Porras, arqueólogo de la Universidad Católica, en 1975.
Pero además de Meza, otros antropólogos de Quito también nos hablaron de la cueva. Dijeron que fue el lugar de castigo para la esposa infiel de un cacique. La mujer sobrevivió gracias a los pájaros que le dan el nombre y que pudo cazar. “Ella, – la mujer infiel-, después de ver la virtud de la grasa de los pájaros los lleva como obsequio a su esposo para que éste la perdone”, narra Mónica Bolaños, antropóloga de la Dirección Cultural de Ecuador, quien también refiere otras dos leyendas míticas: La primera de ellas también relacionada con infidelidad cuenta todo lo contrario, “el esposo de una mujer infiel fue lanzado a la cueva por el amante de ella, pero gracias a los pájaros que pudo cazar, se salvó y salió para vengarse”.
Pero también contaron que fue el centro de encuentro de las culturas costeras y andinas de Ecuador en épocas prehispánicas, de eso mostraron algunas evidencias: conchas espóndigus y conchas madre perla usadas como moneda que sólo pudieron llegar allí llevadas por alguien. Pero también enseñaron cerámicas. Elementos pertencientes a los años 1500 y 500 A.C. “Esos hallazgos- dice, Mónica Bolaños-, además de su ubicación, y de los indios Shuar que la custodian, hacen la cueva importante para el Ecuador.”
Las leyendas, las conchas, las cerámicas, los indios reducidores de cabeza, sin embargo no son los únicos temas alrededor de la cueva. En la Internet también se dice que fue el lugar de una civilización desaparecida, que guarda los secretos de la humanidad, que fue descubierta por el argentino-húngaro Juan Moricz y que fue visitada por Neil Armstrong, el primer hombre que piso la luna, que en su interior se realizaban rituales y que nadie ha podido recorrerla completamente.
Realidades, mitos e historias a las cuales debe agregarse el comentario de los indígenas que nos sirven de guía en la selva. Sobre otra taravita para cruzar el rio Zamora, Luis Yukiantza sólo dice, en un español difícil “En la cueva hay huellas gigantes de los hombres de los cielos”.
Pero a medida que se alargaba el camino, las prioridades cambiaban. Ahora queríamos sólo llegar, flanquear la selva que por largos minutos se cerraba sobre nosotros. El olfato sólo percibía el fresco de la vegetación, la humedad asfixiante de la selva y el olor a sudor de la bestia y de quienes caminábamos y el oído sólo descubría atemorizado los ruidos desconocidos, los detalles de las hojas crujientes a nuestro paso, la respiración agitada de todos y la mirada sólo lograba conquistar hojas verdes alrededor y sobre la cabeza y bajo los pies las mismas hojas hundiéndose cuando dábamos cada paso sobre un barro amarillo que dejaba colar las piernas hasta las rodillas para casi atraparlas. En ese momento comprendimos la importancia de las botas de caucho, pero era demasiado tarde. Debimos conformarnos con arrastrar el barro dentro de las botas citadinas y muchas veces, sacarlas con la mano de aquella trampa húmeda de la selva.
A las cuatro horas anunciadas de recorrido no sabíamos cuanto faltaba y los guías habían perdido el cálculo. Sobre el burro sólo quedaba la manila y un maletín con algunos cables inútiles en estos lugares sin energía y en el cuerpo esa sensación de hambre insatisfecha. Apareció entonces la primera casa en el camino. El lugar donde la bondad campesina e indígena nos brindó la que sería nuestra comida por los próximos tres días: chicha de yuca, una bebida verde con sabor del tubérculo fermentado. Debo confesar que aquella primera vez simulé que la tomaba para no herir el sentimiento de la mujer que la brindaba. Temía por una infección en medio de la nada verde, lejos de un médico, pero después no fue igual. Aprendí rápido que esa bebida servía para despistar al estómago vacío y que cometimos el error de acabar con los pocos víveres demasiado pronto.
Las cuatro horas se volvieron ocho antes de llegar a nuestro destino, otro poblado Shuar. Otras diez casas y un salón comunal. Verlo fue un alivio, sentir la ropa no. Llevábamos una sola muda y la teníamos puesta. El barro humedeció los pantalones e hizo insoportable tener puestas las botas. Después de explicar lo que pretendíamos nos dieron como alojamiento el salón comunal. No tenía puerta y estaba construido con tablas a través de las cuales se filtraba el viento. No sabía que las noches en estos 132 mil kilómetros de selva ecuatoriana fueran tan frías que impidieran dormir cuando uno sólo llevaba encima una camisa manga larga, pues el resto lo pusimos en una ventan con la ilusión de sentirlos algo secos al otro día. Sólo ilusión.
Antes de permitirnos descansar la comunidad ofreció algo de tomar: chicha de yuca. Y sus condiciones para permitir nuestro ingreso a la zona de la cueva, ellos eran los guardianes. Tratamos de hacer uso del permiso que nos costó cien dólares, pero no hubo cómo. Los Shuar exigían otra suma igual: cien dólares, pero incluían un guía para guiarnos en la cueva, pero así como cobraban para entrar, imponían condiciones para salir. “No pueden sacar ni una sola piedra”, sentenció el líder, pero agregó una laxitud “pueden tomar fotos porque queremos que venga más gente”. Recordando los antecedentes, decidimos aceptar sin mucho titubeo y ofrecimos además dejar para la aldea la manila. Así creíamos dar un paso para ganar su confianza, la misma que los antiguos visitantes blancos de la cueva ganaban con muchos días de convivencia para conquistar el corazón de los ancianos encargados de autorizar el ingreso a la Cueva de los Tayos.
El último tramo hasta nuestro destino fue más corto, pero más tortuoso. Un grupo de indígenas nos acompañó hasta el lugar. Algunos de ellos reflejaban esa extraña mezcla que deja la culturización: llevaban el rostro pintado, pero lucían pantalón largo de dril y camisas de seda. Al burro lo acompañaba un caballo y la carga éramos nosotros. Pero en algunos tramos de ese costado occidental de la cordillera de El Cóndor, los animales no podían caminar con la carga a cuestas, entonces tocaba volver al barro.
Al final de cinco horas de este tercer día de viaje, apareció la abertura sobre la tierra. Estábamos en los 78 grados 13 minutos latitud oeste y 3 grados 6 minutos latitud sur. En la Cueva de los Tayos.
LA PRÓXIMA SEMANA: LO QUE ENCONTRAMOS EN LA CUEVA
