Diego Hernán Canal Vargas

Vacaciones fallidas

In General on 10 Septiembre 2009 at 17:29

ESTAS SON LAS HISTORIAS DE MI VIDA PROFESIONAL, LAS DE UNA VIDA ENTERA HACIENDO REPORTERÍA DIARIA. ESTA FUE LA IDEA ORIGINAL QUE MOTIVO ESTE SITIO. CADA HISTORIA HACE PARTE DE LA MEMORIA DE MI VIDA Y LA CUENTO PARA QUE MI HIJA, UN DÍA LA CONOZCA.

Para un reportero, disfrutar de unas vacaciones no siempre es fácil. Aquí está la narración de lo que me ocurrió en tres ocasiones. Cabe decir que gracias a estos hechos fueron muchos los años sin tomar un descanso.

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Fueron tres intentos a mediados de los años 90. En todos tuve la firme convicción de irme a descansar. De volver a la tierra natal, de disfrutar de la familia, de encontrarme con los amigos.

Los tres intentos los hice pensando sólo en eso, pero los tres fallaron. No recuerdo el orden, pero no es difícil ordenarlos cronológicamente. Sólo basta mirar los hechos.

La primera vez, las vacaciones trataron de ser la prolongación de un duelo, el de la muerte de mi abuela, pero al día siguiente del sepelio, cuando me encontraba en una oficina recién inaugurada, que no era de persona conocida en Bogotá, entró una llamada y al otro lado de la línea preguntaron por mí. Allí terminaron las vacaciones. El cubrimiento de la feria de Cali y terminar un historia de Manuel Teodoro con César Rincón, echaron al traste el descanso y el luto.

Después, en otra empresa, con otro jefe, intenté de nuevo. Me fui otra vez para Cali. Apagué teléfonos, salí de la casa sin anunciar mi paradero y me senté con Luis Carlos, el amigo del colegio, a calmar la sed con cerveza en un bar al aire libre en Unicentro, un centro comercial al sur de la ciudad. Cuando anochecía volví a la casa y allí estaban los mensajes y tras ellos la tentación infinita de cubrir lo ocurrido: un atentado al hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los capos del narcotráfico en la ciudad. Ese día terminó el segundo intento por tomar unas vacaciones.

Un tiempo después lo intenté de nuevo. Y casi lo logré. Alcancé a llegar al estadio para ver el clásico: el glorioso Deportivo Cali contra la mechita, el América.

Llevaba tiempo sin asistir a un estadio de fútbol. En Bogotá siempre lo evitó y el único que me atrae es el Pascual Guerrero. Aquel partido no definía algo de valor en el campeonato. Como siempre me ubiqué en el tercer piso de occidental. Iba con mi padre y uno de mis hermanos, los dos hinchas del América.

Todo iba bien. Las emociones del partido no eran muchas, pero la sensación de tranquilidad era placentera. Hasta que ocurrió. Ortegón se llamaba el defensa del América, después de un salto cayó al piso y perdió el conocimiento. Después de varios minutos salió en camilla y el parte médico: un problema cardíaco. Hasta ese momento llegó mi partido y llegaron mis terceras  vacaciones.

Mis recuerdos de Galán

In General on 17 Agosto 2009 at 19:47

GALAN

El 18 de agosto de 1989 estaba en mi apartamento, recién casado y cercano a separarme. Cuando escuché la noticia salí a la calle, fuí a la sede galanista, fui con los amigos, me olvidé de la casa y sólo me preocupaban las repercusiones en Cali. Pasé por muchos sitios y no hubo mucho. Entonces me dí cuenta que no lo conocí como hubiera querido. Hace 20 años, yo era un reportero local. Estaba empezando en Cali con mi carrera en televisión. Y no estaba aún entre mis planes viajar a Bogotá. Por eso no lo conocí como hubiera querido, pero mi profesión me dio la oportunidad de cruzarme en su camino. Tal vez como muchos otros, reporteros o ciudadanos de a pie. Empresarios o vendedores callejeros. Pero es de esos días que se quedan pegados en el cajón de los recuerdos, de los instantes que nunca se quieren borrar.

No he sido amigo de la actividad política, pero en aquel entonces no me podía alejar de los vientos de cambios que golpeaban el país y que los lideraba él. Por eso me acerqué a sus hombres en Cali y por eso estaba aquella noche en el Hotel Americana en el centro de esa ciudad, esperando para hacerle una entrevista y tener un elemento nuevo, algo distinto para escribir al día siguiente.

El Hotel Americana era entonces un buen hotel, pero pequeño. Un sitio para concentraciones políticas, para encuentros empresariales. No tenía un gran lobby. era más bien una pequeña sala a la entrada de la edificación que estaba junto a una escalera que daba acceso al sitio de recibo.

Allí me encontré con Luis Carlos Galán. Era el mismo hombre que veía a diario en las noticias y en los periódicos. Quienes me invitaron al evento, los mismos que lo llevaron al lugar, nos dejaron solos. Entonces empecé a hablar con él pensando en la historia que buscaba y terminé exponiendo mis dudas sobre el proceso político que él lideraba en el partido liberal. No hubo pregunta sin respuesta. No hubo reloj que limitara la conversación, no excusa para acudir al salón donde lo esperaban para su charla, sólo hubo tiempo para responer, para explicar, para exponer sus ideas, para hablar de Julio César Turbay cuya presencia me incomodaba frente al proyecto de Galán. Esa fue tal vez la conversación más larga con un político y debo confesar que me convenció.

Cuando nos dimos cuenta, él y yo, pero sobre todo yo que era el novato en esos asuntos, nuestra conversación se había convertido en centro de atención de los asistentes al hotel. Las escaleras y la pequeña entrada estaba abarratoda de gente escuchándonos. Bueno, muy pretencioso, escuchando a Galán.

No lo conocí como hubiera querido, es cierto, pero esa noche fue suficiente para creer en la misma esperanza en la que creían miles de colombianos.

A partir de ese día empecé a trabajar para su movimiento en Cali con Fernando Corrales y Mauricio Guzmán, sus abanderados.

Lo hice por varios meses, hasta el día de la muerte de Galán o tal vez seguí por algún tiempo más, pero no mucho. A Galán le sobrevivieron sus ideas, pero no muchos de sus hombres. Tiempo después Fernando Corrales murió en un accidente aéreo en Bogotá, a bordo de una avioneta (hasta donde conocí)  incautada al narcotráfico y que estaba al servicio de la Aeronaútica Civil, organismo que dirigía. Y Mauricio Guzmán cedió a la tentación y fue hallado culpable de lavado de dinero para uno de los cárteles de la droga de Cali.

Allí murió el galanismo que conocí en Cali. Se lo llevó el narcotráfico.

No fue mucho, lo se, pero siempre mantendré vivo el recuerdo de aquella noche en el Hotel Americana de Cali y el tiempo que compartí con un hombre a quien no pude conocer como hubiera querido.

El anuncio de un crimen

In General on 12 Agosto 2009 at 22:30

Por estos días (agosto 12 de 2009), Brasil está conmocionado porque un presentador de televisión, ex diputado y sargento en retiro de la policía, está acusado de planear asesinatos para registrar como información en su programa, y conseguir raiting.

En 1985, yo viví una situación que podría calificar como algo parecida.

cali

En ese entonces empezaba a trabajar como periodista y estaba en Radio Súper, una emisora de Cali, mi ciudad natal. El día ya había llegado a su fin y empezábamos a preparar la última emisión, la de la noche. Henry Holguín estaba al frente del noticiero, un informativo popular cargado de crónica roja y con un locutor que impostaba la voz para hacerla sonar poco menos que seria, más bien burlesca, un tono que producía hilaridad cuando pronunciaba el alias de algún delincuente. Sobrenombres que muchas veces eran producto de la imaginación de cualquiera de los periodistas.

Esa noche, llegó a la emisora un policía vestido de civil, conocido de alguno de los reporteros. Una de sus fuentes de información. Y llegó, como solía hacerlo, con una noticia. Los datos que llevaba aquella noche eran apropiados para el tipo de noticiero de esa emisora: el crimen de un hombre que se movilizaba en una motocicleta.

Dio todos los datos, como si los acabara de escuchar a través de su radio oficial. Dirección, placa de la motocicleta, forma del crimen y cantidad de tiros con los cuales acabaron con la vida de ese hombre.

Por aquellos días tanto en Cali como en varias ciudades del país, actuaban los autollamados justicieros sociales. Recuerdo nombres como El Justiciero, Mano negra. Llegaban a lugares donde había indigentes y asesinaban justificando sus crímenes diciendo que estaban limpiando la ciudad de personas que atentaban contra la seguridad. Así también mataban drogadictos, muchachos de la calle y personas con antecedentes penales. Y a uno de esos casos parecía pertencer el caso de aquella noche.

Según la información que el policía nos dio en la sala de redacción, era un caso más de sicariato producto de esa mal llamada limpieza social.

Fui al sitio de los hechos. Con el conductor recorrimos varias cuadras a la redonda del sitio indicado. No había rastros del crimen, no había policía, no había levantamiento, no había cuerpo y no había testigos que hubieran visto o escuchado algo. Simplemente no había crimen.

El policía informante de la emisora se equivocó, aquella noche. Regresamos tranquilos a la emisora porque no hubo asesinato.

Cuando regresé el policía no estaba. Entonces descansé hasta el día siguiente. Cuando anocheció de nuevo, recibimos una llamada para anunciar un crimen. No era el mismo policía. Acudimos al sitio y el muerto era el mismo hombre cuyo cadáver estuvimos buscando la noche anterior.

Aquel policía fue a la emisora y anunció un crimen. Un asesinato que ocurrió al día siguiente tal y como fue descrito 24 horas antes y no creo que haya sido clarividencia. No pregunté porque no quería saber y no quería saber porque sentí miedo.