ESTAS SON LAS HISTORIAS DE MI VIDA PROFESIONAL, LAS DE UNA VIDA ENTERA HACIENDO REPORTERÍA DIARIA. ESTA FUE LA IDEA ORIGINAL QUE MOTIVO ESTE SITIO. CADA HISTORIA HACE PARTE DE LA MEMORIA DE MI VIDA Y LA CUENTO PARA QUE MI HIJA, UN DÍA LA CONOZCA.
Para un reportero, disfrutar de unas vacaciones no siempre es fácil. Aquí está la narración de lo que me ocurrió en tres ocasiones. Cabe decir que gracias a estos hechos fueron muchos los años sin tomar un descanso.
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Fueron tres intentos a mediados de los años 90. En todos tuve la firme convicción de irme a descansar. De volver a la tierra natal, de disfrutar de la familia, de encontrarme con los amigos.
Los tres intentos los hice pensando sólo en eso, pero los tres fallaron. No recuerdo el orden, pero no es difícil ordenarlos cronológicamente. Sólo basta mirar los hechos.
La primera vez, las vacaciones trataron de ser la prolongación de un duelo, el de la muerte de mi abuela, pero al día siguiente del sepelio, cuando me encontraba en una oficina recién inaugurada, que no era de persona conocida en Bogotá, entró una llamada y al otro lado de la línea preguntaron por mí. Allí terminaron las vacaciones. El cubrimiento de la feria de Cali y terminar un historia de Manuel Teodoro con César Rincón, echaron al traste el descanso y el luto.
Después, en otra empresa, con otro jefe, intenté de nuevo. Me fui otra vez para Cali. Apagué teléfonos, salí de la casa sin anunciar mi paradero y me senté con Luis Carlos, el amigo del colegio, a calmar la sed con cerveza en un bar al aire libre en Unicentro, un centro comercial al sur de la ciudad. Cuando anochecía volví a la casa y allí estaban los mensajes y tras ellos la tentación infinita de cubrir lo ocurrido: un atentado al hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los capos del narcotráfico en la ciudad. Ese día terminó el segundo intento por tomar unas vacaciones.
Un tiempo después lo intenté de nuevo. Y casi lo logré. Alcancé a llegar al estadio para ver el clásico: el glorioso Deportivo Cali contra la mechita, el América.
Llevaba tiempo sin asistir a un estadio de fútbol. En Bogotá siempre lo evitó y el único que me atrae es el Pascual Guerrero. Aquel partido no definía algo de valor en el campeonato. Como siempre me ubiqué en el tercer piso de occidental. Iba con mi padre y uno de mis hermanos, los dos hinchas del América.
Todo iba bien. Las emociones del partido no eran muchas, pero la sensación de tranquilidad era placentera. Hasta que ocurrió. Ortegón se llamaba el defensa del América, después de un salto cayó al piso y perdió el conocimiento. Después de varios minutos salió en camilla y el parte médico: un problema cardíaco. Hasta ese momento llegó mi partido y llegaron mis terceras vacaciones.

